9 jul. 2009

21 DE SEPTIEMBRE
























Una mañana
un moscardón
vibró con negro rugido.

La madreselva
y los álamos que abrían sus hojas nuevas,
se inundaron de lamentos que eran veintiuno.
En las tablas crujía el brillo pusilánime.

La luz,
yo la recuerdo
adusta,
diluía mil pasos de memoria.

Mi padre
tenía aún la última palabra
en las pupilas naufragando.

Era ya la tarde y su huesuda mano rígida.

¿Quién puede hablarnos sobre la muerte,
sin que la piel se nos fraccione?

¿Cuál hombre?
¿Cuál mujer?
¿Cuál de cada uno reconoce el orden y el principio?

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