9 jul. 2009

A LOS CUATRO VIENTOS

El nido profundo de insomnio
hundido en su máquina azul
extendió su ojo sobre las nubes
y sostuvo el gran destello
para esperar maravillado.

Y un silencio interminable fatigó la noche
y traficó la soledad.

Era como todos acostumbrándose a la raíz enmudecida.

Borraron sus caminos
y el patrimonio del regreso le fue negado
como a todos la ausencia concedida.

Desenterró ese primer dolor
y supo qué distancia lo separó de la llamada primigenia
para ser un alma nauta
lejos de su luz territorial.

Eras tú; nosotros
desterrados
del universo inmenso
o de la bruma mínima.

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