La enfermedad del verbo enceguece.
La desolación grita ya sin ecos.
En el aparato de infortunios
el olor de los cuartos
es una máquina fundida y misteriosa.
¿Te acuerdas de la nieve?
¿Y de la escarcha colgando en los aleros?
Carámbanos se llaman. Tardé años en saberlo.
Tu distancia empotrada a bodegas y anaqueles
nunca abandonó el vacío
ni cuando asomó con su racimo de olvidos.
Las bicicletas nos amaban
de trigo y sudor eran esos días. ¿Te acuerdas?
Frente a nosotros, estáticos y fieles,
todos los barcos resistían.
Partiremos juntos, hermano.
Al norte. Te lo juro.
Una lámpara de miedos
iluminó nuestra bitácora de brisas
y así como un vendaval de alas cubría a Punta Arenas
un persistente polvo se aferró a nosotros.
No eras sólo tú.
Había otros que ya no tienen rostros.
En el claro oscuro de los años
son los emigrantes de nuestras navidades.
Selmo Sepúlveda Álvarez
por eso el estertor en la palabra
y la enfermedad que me enceguece a gritos.
En la habitación vacía
ronda la voz de un niño perdido
que no puede despertar de aquella muerte
y ni siquiera recordar aquella luz
por donde estaba la salida.

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