9 jul. 2009

DE DONDE




















No vinimos a ninguna hora exacta del reloj.
Vinimos porque el dolor de la caída nos llamaba
con ese garfio que se clava
entre los límites del polvo y los objetos.

Así fue que el dolor de tanto herirnos
nos quito la costumbre de confundir.

Pudimos aprender a rellenar todo vacío con palabras.

Supimos saciar por medio de los peces
el hambre de todas las cosas que gritaban.

Lo hicimos para que en el aire
no quede ningún baúl que nos perturbe,
para que todas las cosas
que pudieran ser nuestras
sucumbieran
y se sometieran a nuestro albedrío.

Lo hicimos para que entre nosotros
jamás perduren emboscadas ni traiciones.

Así me recitaba José Soto
Pepe Pacheco.

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